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El Síndrome de Burnout en el terreno sentimental

Quizás habéis oído hablar alguna vez del Síndrome de Burnout. Se podría definir como una sensación general de agotamiento físico, emocional y actitudinal, y lo podríamos llegar a llamar, así para huir de la terminología inglesa, síndrome de aniquilamiento, de estar quemado, de desmoralización total.
En definitiva: el síndrome de agotamiento emocional extremo.

El concepto nace de la necesidad de definir el agotamiento absoluto que sienten ciertas personas en trabajos demasiado exigentes, de esos que llevan a situaciones de estrés insostenible.

Pero resulta que el concepto está empezando a usarse también en el campo de las relaciones de pareja. Y resulta muy útil, ya que describe muy gráficamente una situación muy concreta y unas sensaciones que muchas personas van a poder identificar.

Así, el Burnout en una relación sentimental sería este sentirse agotado para el amor, sin ganas de nada, harto de decepciones y experiencias dolorosas en la vida amorosa, ansioso sin causa aparente, poco motivado en la intimidad. Sería, en definitiva, aquel – o aquella – “amante quemado”.

Cómo detectar la sensación antes de que sea demasiado tarde

Para solucionar un problema, el primer paso es reconocerlo. Entonces, si queremos evitar el Síndrome de Burnout en nuestra vida sentimental y amorosa, lo primero que tendremos que tener son las herramientas para poder detectarlo a tiempo.

Una de estas herramientas será conocer bien sus características.

Debemos entender este síndrome, esta llegada al colapso total, desde tres perspectivas, que suelen darse una después de la otra, pero de una forma tan rápida y seguida que perecen solaparse:

  1. Agotamiento emocional: cansancio y fatiga física. Lo detectaremos cuando nos veamos incapaces de poder dar más de nosotros mismos a nuestra pareja.
  2. Despersonalización; aparecen los sentimientos, actitudes, y respuestas negativas, distantes y frías hacia la pareja. Y son sentimientos que suelen venir acompañados por irritabilidad, pérdida de motivación e, incluso, cinismo y distanciamiento.
  3. Sentimiento de baja realización: en este momento, la mirada negativa se gira hacia uno mismo. Aparece una dolorosa desilusión y sensación de fracaso. A menudo sentimos la responsabilidad exclusiva de nuestros “fracasos amorosos” porque con la fatiga viene la dificultad de relativizar y ver el lado bueno de las cosas.

Detectar que se está empezando a caminar por este sendero que conduce al Burnout es clave para poder esquivarlo.

Los síntomas a los que debemos parar atención, aquellos que deberían hacer saltar la alarma, son muy parecidos a los síntomas de una depresión. Fatiga, tristeza, irritabilidad, ansiedad, disminución del deseo sexual, trastorno del sueño, etc.

El reto, entonces, será saber analizar si estos estados están provocados por la mala o inexistente relación de pareja, o por otros motivos.

La indecisión extrema es otro de los síntomas del Burnout

La indecisión extrema es otro de los síntomas del Burnout sentimental y, en este caso, sí que es bastante propio y exclusivo de esta problemática concreta.

Cuando todo se vuelve complicado en nuestra cabeza, cuando somos incapaces de avanzar porque tememos tomar malas decisiones, cuando llegamos a evitar encontrarnos con la persona con quien tenemos – o queremos tener – una relación porque la fatiga crónica nos impide sentirnos capaces de disfrutar del amor.

Es en este momento cuando debemos sobreponernos y empezar a poner cartas en el asunto.

Y no es fácil, nada fácil, porque precisamente la sensación de abandono y de fracaso puede llegar a impedirnos tener la fuerza y la energía para actuar.

Es por eso que contar con un buen entorno, con personas empáticas a nuestro lado, va a resultar de mucha ayuda.

La solución es tan fácil como complicada: comunicarse

El síndrome de Burnout, más que un estado, es un proceso. Y esto juega a nuestro favor: tendremos más tiempo para detectarlo, más posibilidades para frenarlo.

La clave será actuar lo antes posible

La metáfora podría ser una bola de nieve cayendo montaña abajo. Si la paramos al principio de la bajada, la bola es todavía pequeña y podremos pararla con las manos. Si nos esperamos a intentar pararla a bajo del todo, la bola se habrá hecho más y más grande, y será como un alud que nos caerá encima, colgándonos de nieve.

¿Y cómo pararla?
Conectado con tus necesidades, ser consciente de cómo te has ido despriorizándote, dando el protagonismo al otro/a. Rompe con esta dinamica.

Con la toma de conciencia de esta situación comunica.

Con la comunicación; Hablando, reconociendo, entendiendo, empatizando podrás para la bola de nieve…

Artículo de Emma Ribas

 

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